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viernes, 15 de abril de 2011

Más allá de lo que deseamos





Escribo las primeras palabras de este día, sumergida en mis pensamientos intento no ahogarme, son muchos días en los cuales mi cabeza no se cansa de dar vueltas como si de las aspas de un helicóptero se tratase. Intento archivar en cada recoveco de mi alma cada uno de ellos. Destacaría si pudiera el más importante. ¿Dónde estás?  Sí, me refiero a ti. Dónde estás inocencia.
 Hace unos años te ilusionabas con jugar conmigo a ver la vida desde una nube y, de la noche a la mañana, decidiste irte y dejarme caer en este frío asfalto que es la madurez. ¿Ya no te gusta jugar conmigo?
 Sabes que te echo de menos. Y mucho.
 Prefería caminar a tu lado, ver la vida como la ven los pájaros al cruzar el horizonte. ¡Y qué decir de él! Cada día diferente e ilimitado. Mas has desaparecido. Has desvinculado tu camino del mío y, como los padres a sus hijos en el primer día de colegio, te has apartado disimuladamente de mí para que no me agarrara a ti implorándote.  Sin embargo has de saber que te ha salido mal. Porque he visto cómo te has ido, dándome a entender que ya no pretendes volver.
Y ahora tengo que compartir mi vida con esta singular extraña llamada madurez, la cual no conozco además de confesar que en muchas cosas no llega a atraerme.  Sé que ella es mi compañera a partir de ahora pero… ¿Por qué no puedo compartirla contigo? 
Me quedo extasiada mirando esta hoja de mi vida que ahora escribo sin saber cómo proseguir, psicoanalizándome sin sentido para llegar a la conclusión de tu marcha, y creo que di con ella. Me he hecho mayor. Poco a poco, sin apenas darme cuenta, he ido sustituyendo uno a uno todo lo que pertenecía a mi pequeño mundo para darle paso a otro muy distinto y mayor que aún hoy y siempre conservaré. Pero ahora me arrepiento y, sobre todo, me pregunto cómo dejé escapar aquellas pequeñas cosas o el motivo de llegar a hacerlo.
Sincerándome como lo hace cualquier escritor con su lector no lo sé, mas me figuro  que nuestro camino es muy caprichoso. Nos hace subir día a día escalones que por nosotros mismos quizás borraríamos.
Inocencia, si ya no puedo conquistarte de nuevo, deseo que hagas feliz a tal número de pequeñas personas como en aquellos tiempos. Aquellos, tan divertidos viviendo a tantos metros del suelo, sin las preocupaciones que habitan en el reino de los adultos, el cual hoy denominamos mundo real.

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