Los acordes ondean en mi cabeza.
Las notas juguetean en mi sentir, corretean por todo mí ser y me llenan. La imaginación se ve victima de las letras, esas que acompañan a cada compás de un ilustre pentagrama.
Emocionan el corazón desde bien pequeña, desde aquella tierna infancia en la que tope con ella, elegante, señora e imponente mujer que te llena el alma, que con sus dedos acaricia tus oídos. Nunca te deja sola, te aconseja con sus letras en cada sentimiento que tu corazón reclama y ella sin poner oposición alguna te sacia tal necesidad de cariño, que como cualquier niño reclama atención.
Compañera de viajes largos alrededor de los sueños, en los que te hundes cuando el espíritu te lo pide, en los que camina a tu lado sin tu pedírselo.
Eres anciana querida, desde los más antiguos años en los que mi memoria de dieciocho veranos no me deja alcanzar, pero sigues tan clara y contundente como siempre.
Mis antepasados te escuchaban entre bailes románticos de parejas y contigo de carabina sellaban su amor con un beso, padres de juventudes te escuchaban en discos de vinilo, en cintas de casete.
Todo va cambiando pero tú eres incombustible al paso del tiempo, te aferras y evolucionas, pero como todo en la vida conservas tu esencia inconfundible que al deleitarme contigo consigue convertirme en dependiente de tu presencia.
Amada, recelo de todos con los que te comparto, pero me conformo con colocarme mis cascos y regalar mi alma a tus letras.


